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13 Años de Lucha Por Venezuela

13 años de Lucha 22/03/2026 Han pasado 13 años, a veces me lo digo en silencio y hasta a mí mismo me cuesta asimilarlo, 13 años son una gran parte de la vida. Son años que no vuelven, años de juventud, de fuerza, de esperanza, de rabia, de aprendizaje, de caídas, de desengaños, pero también […]

13 años de Lucha

22/03/2026

Han pasado 13 años, a veces me lo digo en silencio y hasta a mí mismo me cuesta asimilarlo, 13 años son una gran parte de la vida. Son años que no vuelven, años de juventud, de fuerza, de esperanza, de rabia, de aprendizaje, de caídas, de desengaños, pero también de una fidelidad a unas ideas que, a pesar de todo, nunca se terminan de apagar en mí. Cuando miro hacia atrás y recuerdo, siento que no solo he vivido una lucha política o histórica. Siento más que eso, siento que he vivido una travesía de varias vidas en una sola vida, porque luchar por Venezuela no ha sido para mí una postura superficial ni una simple consigna, y mucho menos una opinión más, ni un pasatiempo intelectual. Ha sido una herida, una carga, una convicción, una forma de vivir en este mundo y de cargar un gran peso.

Luchar esta causa ha sido muy difícil y dura. Ha significado cargar un peso difícil de describir sobre mis hombros. Ha significado hacer cosas que nunca imaginé, soportar incomprensión, burla, desánimo, presión psicológica y también ese tipo de ilusión dolorosa que a veces levanta y a veces te hace caer. Ha sido vivir con el temor de no lograrlo, con el miedo de que todo el esfuerzo realizado por mí y por muchos pueda perderse de un plumazo, como si tantos años de entrega pudieran ser borrados de repente por la fuerza bruta de la historia, por la traición de algunos, el oportunismo de otros o por la indiferencia de muchos. Y eso deja marcas y cicatrices.

Porque no se trata de una lucha de ideas. Se trata del esfuerzo y sacrificio humano de ayudar a sostener una causa y en su gran mayoría en el anonimato sin ningún reconocimiento durante 13 años mientras la vida sigue avanzando, mientras el tiempo pasa, mientras uno va cambiando, envejece por dentro y por fuera, pierde cosas, sacrifica otras, gana cicatrices emocionales y también físicas, en el proceso aprende a vivir con la tensión de no saber si verá o no verá el fruto de todo lo defendido.

En estos 13 años he visto a muchos quebrarse. He visto caer esperanzas que en algún momento parecían vívidas. He visto cómo se ha deformado la verdad, cómo se ha destruido la confianza, cómo se ha normalizado lo que no es normal y cómo millones han aprendido a sobrevivir en medio del desgaste, la resignación y la pérdida. He visto también cómo Venezuela dejó de ser, para muchos, una patria que había que salvar, para convertirse en una tierra de la que había que escapar. Y eso duele de una manera difícil de explicar. Duele porque yo no he podido desprenderme de ella.

No he podido mirar a Venezuela como un simple accidente histórico ni como un país condenado. No he podido verla como algo desechable y reemplazable. Aun en sus horas más oscuras, aun cuando todo parece reducido a ruinas, miseria moral y descomposición, algo dentro de mí sigue diciéndome que esa tierra tiene valor, que nuestro pueblo tiene una raíz más profunda que su degradación presente, y que rendirse espiritualmente ante la destrucción sería aceptar una derrota la cual no estoy dispuesto a aceptar.  Pero sostener esa convicción no ha sido gratis ni fácil.

Ha implicado mucho desgaste mental, ha implicado renunciar a cosas y deseos personales, soledad, clandestinidad, persecución y exilio. Ha implicado luchar por una tierra que no puedes pisar porque está secuestrada. Ha implicado formar una familia fuera de la tierra que defiendes, con todo lo que eso conlleva, es sentir la contradicción de amar profundamente una patria ausente, de construir hogar lejos de ella y al mismo tiempo no dejar de sentir que una parte esencial de tu vida sigue atada a ella esperando una redención.

Eso es algo muy difícil de explicar a quien no lo ha vivido.

Hay una herida particular en defender una causa desde la distancia. En amar una tierra que no puedes tocar. En pensar todos los días en el destino de un país al que no puedes volver libremente. En sentir que una parte de tu alma sigue allá, en los paisajes, en la historia, en la memoria, en los recuerdos, en los anhelos, en los caídos, en los símbolos, en todo aquello que te formó, mientras tu cuerpo y tu vida cotidiana transcurren en otro lugar. Es una forma extraña de desgarro. Una mezcla de amor, impotencia, deber y ausencia.

Y además está el hecho de defender ideas tan abstractas, tan profundas y a veces tan adelantadas a su tiempo, que por momentos sientes que solo tú las comprendes del todo en todo su contexto ampliado. Ideas sobre la nación, la libertad, la identidad, la fraternidad, la justicia, la historia, los deberes, los derechos ciudadanos, la institucionalidad, los principios republicanos, la memoria histórica, las posibilidades de cambio, el porvenir. Ideas que no siempre caben en el lenguaje de la política diaria ni en la pequeñez del debate común. Ideas que muchas veces no reciben aplauso, ni comprensión inmediata, ni recompensa alguna, y sin embargo aun en esos momentos de duda, de cansancio y de aparente soledad, algo dentro de mí ha seguido diciéndome que debo defenderlas y continuar como si no pertenecieran del todo solo a mi voluntad, pertenecen a una responsabilidad más grande, es ser parte de algo más grande que uno mismo, es como si el destino me llamara a sostenerlas porque el futuro las reclama.

Siento cansancio, mucho cansancio, pero no aquel que viene del cuerpo, sino del alma y la mente, es un cansancio que nace de haber creído y luchado tanto por algo y tan abstracto que la mayoría no comprende del todo, y aun así no abandonar la idea de seguir aun sabiendo que quizás no vea los resultados.  Porque si algo me ha sostenido, ha sido precisamente eso, la idea de que Venezuela no puede terminar así.

No sé cuántas veces he sentido rabia y frustración. No sé cuántas veces he sentido tristeza. No sé cuántas veces he sentido que todo esto ha sido demasiado largo, demasiado injusto, demasiado doloroso. No sé cuántas veces he sentido el peso de la incomprensión o el silencio de otros. Pero tampoco sé vivir desde la inacción. No sé mirar hacia otro lado. No sé fingir que nada importa. Tal vez esa ha sido mi condena y también mi deber.

En el fondo, creo que mi lucha por Venezuela ha sido también una lucha por no dejarme destruir a mí mismo. Por no aceptar como normal la mentira y el caos. Por no entregar mi conciencia al cinismo. Por no permitir que la costumbre del desastre me consuma. Defender a Venezuela, para mí, también ha sido defender una parte esencial de mí mismo. Porque mi vínculo con esta causa no nace solo de una simple idea política, nace de una visión de proyecto mucho más amplio. El de terminar el sueño y el trabajo iniciado por los próceres que es construir una verdadera República funcional. Nace del amor por una historia que fue grande en el pasado que no puede terminar así. Y también ha sido una lucha por sentido y lógica.

Escribir, pensar, proyectar, imaginar otro orden, otra república, otra forma de renacer ha sido una manera de resistir esta realidad no deseada. Una manera de decir que todavía hay algo por construir. Que aún en medio de la ruina se puede pensar en grande. Que aún en medio del cansancio se puede seguir afirmando que Venezuela como nación merece algo mejor que la degradación que le impusieron. No sé qué lugar tendrán estos 13 años en el juicio de la historia. No sé si algún día podré ver con mis propios ojos el renacer de la patria por la que he pensado, escrito y sufrido tanto. No sé si esta generación alcanzará a reparar lo que fue destruido. Pero sí sé algo, todo este tiempo me ha marcado para siempre. Ya no soy el mismo que comenzó este camino como un joven en la lucha de calle.

Hay más dolor en mí, más conciencia, más dureza, más claridad, más profundidad, más convicción de que la libertad no es una simple palabra. Es un espectro de principios y valores que se deben conquistar, construir y defender, y que querer a un país de verdad no consiste en repetir frases vacías, sino en permanecer fiel incluso cuando duele. Estos 13 años me han quitado cosas. Me han robado energía, tranquilidad, inocencia, tiempo. Me han obligado a vivir procesos que nunca imaginé. Me han hecho conocer el miedo, la presión, el desarraigo y la incertidumbre. Pero también me han revelado quién soy y quizás por eso sigo aquí.

 

Enmanuel M.

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